martes, 3 de marzo de 2015

El Silencio, 43. Hablan el poeta y su silencio.




43

HABLAN EL POETA Y SU SILENCIO


            (Preguntas, preguntas, más preguntas. Y sin embargo, todas ellas sin respuesta. ¿Es verdaderamente posible una respuesta? ¿O toda respuesta es en el fondo una pregunta mal formulada? ¿Qué es lo importante? ¿Responder o preguntar? ¿Qué clase de hombre puede aspirar, en absoluto, a la totalidad?)


El Poeta: –       ¿Cuántas veces he morir?

El Silencio: –    Hasta que aprendas a vivir de nuevo.

El Poeta: –       Y al final, ¿qué es lo que habré aprendido?


El Silencio: –    Que todos saben hablar sin decir nada
      pero sólo uno sabe callar diciendo.

El Poeta: –        ¿Y no es acaso ésta la fórmula más terrible para la soledad?
                        ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?

El Silencio: –     ¿Y tú me lo preguntas?
                        Pero tú mismo eres, aquí,
                        la respuesta:
                        porque tú lo has querido.

El Poeta: –        Lo sé. Porque ahora soy capaz.
                        La totalidad apenas se alcanza cuando,
                        en un momento de lucidez máxima,
                        se advierte en cada cosa su contrario
                        hasta que desaparece el concepto de oposición
                        y se siente así la unidad en la guerra.

El Silencio: –     Hasta que se oye la verdad cuando no es dicha.

El Poeta: –        Ayer creía en lo que era capaz de ver.
                        Hoy ya no creo en nada
                        y sin embargo veo también lo que no veo.

El Silencio: –      Pero aún crees en tu tristeza.

El Poeta: –         Ay, es tan dura esta enseñanza…

El Silencio: –     Y será cada vez más dura
                        hasta que no aprendas también a dar las gracias.

El Poeta: –        Mas yo agradezco, yo siempre
                        doy las gracias.

El Silencio: –     Agradece sin decir nada.
                        Agradece viviendo.
                        Sea tu gratitud eterna.
                        Sólo así donarás agradecimiento
                        y también las gracias te serán dadas.

                        




jueves, 19 de febrero de 2015

El Silencio, 42. Diálogo entre la noche y el poeta insomne.



42

DIÁLOGO ENTRE LA NOCHE Y EL POETA INSOMNE


     (Ha partido una estrella. Ven y mira, con esos ojos tuyos desembrozados, en esta noche mía tan ligera. Brisa corre, y acaricia. Besos del aire, que claman al cielo con un llanto alegre de esperanza. Ven: ven y mira.)


El Poeta: –      Esta noche es completamente falsa.

La Noche: –     Y lo sabes porque, encendido,
                      desde tu propia mentira juzgas.

El Poeta: –      Ciertamente yo no soy el silencio.

La Noche: –     No,
                      no lo eres,
                      pero lo reflejas. Así eres su esencia.
                     Si acaso hubiera en este mundo ojos como lagos tendidos al cielo
                      entonces tu reino
      sería el reino de la más profunda pena.

El Poeta: –      Dime tú cómo quitarme de encima este dolor.

La Noche: –     No hay manera.

El Poeta: –      Lo sé,
                      y no lo sé todavía.
                      Sé que hay otros mundos
                      pero nunca llegan.
                      El Amor, la Mujer, el Triunfo
                      son lejanas historias que ya he vivido.
                      Mi pasado es la vida.

La Noche: –     Vida eres tú, y en ti, y a través tuyo es la vida.
                       Estás condenado a sufrir
                       pues sufrimiento
                       es el precio que has de pagar por tu felicidad eterna.

El Poeta: –      ¿Hay algo eterno en mí?

La Noche: –     Tu ambición.

El Poeta: –      Pero calla. No la digas.
                      No desciendas al lenguaje

                      lo que proviene del absoluto o la excelencia.






jueves, 8 de enero de 2015

El Silencio, 41. Diálogo entre la actriz y el director de escena.



41

DIÁLOGO ENTRE LA ACTRIZ Y EL DIRECTOR DE ESCENA


            (Siglos perdidos en el polvoriento almacén de una ciencia y una cultura ya vacías, cansancio en el metal, en las grietas, en la misma piedra. Cansados ojos cruzando las calles atestadas de gente superflua. Un mundo que agoniza, sin saberlo pero sabiéndolo, triste Occidente, cenizas del Imperio Romano, del que ya no queda nada, ni siquiera las ruinas de aquellas almas que otrora se ofrecieran en el altar de las gestas heroicas. Un solo Dios, y bizco, vino a robarnos la felicidad, y hoy ya sólo quedan templos, circos, parlamentos, interminables palacios de congresos, mercados que se extienden replegándose contra el horizonte cegado. Quien cree saber qué es la verdad, ése, menos que nadie lo sabe. Así ha sido siempre. Y así siempre será.
Pero… ¿qué es la verdad?)


La Actriz: –       Tanto mentir me hastía.
                        Si tan sólo de entre este alud de mentiras,
                        como a menudo del cielo atormentado,
                        hubiera de atravesar, desde el espacio,
                        un solo haz de luz profunda…

El Director: –     No tientes al destino.
                        Tu arte es la ficción errabunda.
                        Y todo arte es espacio, y luz.
                        Un solo instante de esta verdad
                        purifica.

La Actriz: –       No todo en el tiempo es limpio.
                        Caen horas como lluvia, y sin embargo
                        ninguno acude a recogerlas con sus manos.

El Director: –     Tu voz debiera ser la mía.
                        Tu aliento, suntuoso y húmedo,
                        debería siempre preceder a las mis palabras.
                        Tu cuerpo es un vehículo, pero tú
                        que vives la mentira
                        tienes sueños de auténtica pureza.
                        No quieras saber por qué,
                        nada hay más incierto,
                        vulgar e impropio
       que las razones, cuando justifican.
                        Los hombres sabios no dudan.
                        Las mujeres prudentes no preguntan.

La Actriz: –       Veo asomar la luna. ¿Es ella
                        el símbolo de alguna cosa que tenga aquí su referencia?

El Director: –    Ella es tu esencia.

La Actriz: –       ¿Lo es? La veo,
                        y no la veo.
                        Más la siento, más me nace que me asoma,
                        más bien crece en mi interior como una inmensa rueda blanca.
                        Al contrario que el santo, santificado diamante
       la verdad no reluce al tallarse:
       cuanto más se trabaja
       más se ensucia.
       Y yo tengo por norma la pulcritud de mi falacia.

El Director: –     ¿No lo ves?
                        Tu arte es una ficción que vaga.
       Tu voz es una melodía que infunde.

       Tu mentira es sólo un instante en esta sombra.





miércoles, 30 de julio de 2014

El Silencio, 40. Diálogo entre el poeta y la prostituta.



40

DIÁLOGO ENTRE EL POETA Y LA PROSTITUTA


(Nadie tiene el poder de hacer música con las palabras. Nadie, sino el poeta, y quizás alguna vez las prostitutas. Porque la música no es un juego lento que avanza en la explanada. No es un sinuoso down tempo elevado a la categoría de dios, al almacén de los muertos, al recuerdo mórbido de la fundación de una nación por sincretismo. Yo era joven aún, pero había librado tantas batallas como César, como Julio César, como el único hombre frente al que me siento digno de haber existido. Y aún existo... )


El Poeta: –       Quiero cuerpo, quiero carne sobre carne, 
                       pero tengo miedo, mujer.

La Prostituta: – Yo sé que temes, pero es a ti mismo. Tu miedo
                       es solamente el regreso de tu niño íntimo.

El Poeta: –       ¿Regreso, dices? ¿Retorno? ¿Vuelta atrás, como un reloj
                       descompuesto?

La Prostituta: – Hablas demasiado, todos los poetas sois iguales.
                       Habláis cuando debéis callar.
                       Y calláis cuando se espera de vosotros que levantéis palabras.

El Poeta: –       Y ahora, ¿qué hacer?

La Prostituta: – El suicidio es siempre una opción plausible.

El Poeta: –       Eso es lo que quiero. Quiero la muerte.
                       Quiero detener el tiempo.
                       Quiero sangre recorriendo mi lenta biografía.
                       Quiero sacrificarme por todas las virtudes del mundo.

La Prostituta: – ¿Virtudes? Me tocas. Pero tus caricias
                       son otra forma del silencio.
                       Ríe, por fin, y ven a mí, que soy accesible al rumor del siglo.

El Poeta: –       Me entrego. Quédate con mi razón
                       y con mi dinero.
                       Mi reino ya no es de este mundo.

La Prostituta: – Nunca lo ha sido. El único reino
                       que impera en este mundo es el mío.
                       Y el mundo es una rueda que no cesa.





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